Pensamos que el anciano no sobreviviría a la noche. Su respiración era débil, la tos lo agotaba y sus labios estaban secos por la fiebre alta. Pero seguía repitiendo:
— Max… Max…
Al principio creímos que era el nombre de un ser querido —un hijo o un amigo. Le pregunté con cuidado:
— ¿Quién es Max?
Susurró con dificultad:
— Mi fiel amigo… Lo extraño muchísimo.
Entonces todo quedó claro: hablaba de su perro. Me puse en contacto con su hija, que vino corriendo desde otra ciudad. Cuando mencioné a Max, ella rompió a llorar:
— Es nuestro golden retriever, tiene trece años. 😱😨
Mientras el padre estaba en el hospital, Max estaba con mi hermano.
Decidimos organizar un encuentro. La enfermera ayudó a obtener el permiso de los médicos y, unas horas después, se abrió la puerta de la habitación: Max entró.
Cuando el perro vio a su dueño, ocurrió algo inesperado que nos dejó a todos impactados.

Cuando el perro vio a su dueño, su cola empezó a temblar y sus ojos brillaron. Saltó a la cama y apoyó su cabeza sobre el pecho de Vladimir.
El anciano abrió los ojos por primera vez en mucho tiempo y susurró:
— Max, ¿lo encontraste?
Intercambiamos una mirada con su hija. Ella preguntó:
— ¿A quién te refieres con “él”?
No hubo respuesta. Pero en ese momento Vladimir pareció tranquilizarse, su respiración se volvió más estable y apretó con fuerza el pelaje del perro entre sus dedos.










